domingo, 15 de mayo de 2022

¡PORQUE SÍ!

Jugaba con mi nieto en el campo, un muchachito muy inquieto y vivo que va a cumplir pronto tres añitos. Siempre quiere participar cuando estamos haciendo alguna tarea, es curioso y tiene una sonrisa que me cautiva.

Me ayudaba a limpiar un enorme barreño y espontáneamente le dije que le quería mucho y le pregunté si él me quería a mi y rápidamente mirándome con sus enormes ojos me dijo que sí. Le pregunté que por qué me quería y sin levantar la mirada de la faena me contestó rápida y categóricamente: - ¡Porque sí!


No es que el rapaz meditara mucho la respuesta, incluso, para ser honesto,  diría que sonó a: !pero qué pesado eres, abuelo! ¿qué pregunta es esa? ¡Calla y sigue jugando conmigo!

Seguí sus instrucciones implícitas y nos divertimos compartiendo tareas juntos. 

No obstante no dejé de pensar en su espontáneo "porque sí". Y es que creo que en realidad cuando uno llega a querer de verdad, efectivamente, lo acaba haciendo porque sí. 

A unos los queremos por que los conocemos desde que nacemos, a otros los amamos como si hubiesen nacido con nosotros. Y a todos los que queremos de verdad, en realidad, los continuamos amando por la misma razón: Porque sí.

¿Se puede querer acaso con autenticidad si no se hace incondicionalmente? Yo creo que no. 

A las personas a las que quiero siempre en mi vida, a las que amo de verdad, llegado ese punto se les quiere por encima de cualquier atributo o requisito. No importa si no piensan como yo, no importa si no compartimos nuestras creencias, ideales, gustos, aficiones o si nos es conveniente o no estar unidos por ese lazo afectivo que nos enriquece mutuamente. Si el afecto es puro. Todo se supera. 

Tengo la fortuna de poder contar entre las personas a las que considero amigos, y por lo tanto, en gran medida amados, a una gran variedad de colores de caracteres, razas, ideologías y sensibilidades. 

Un famoso estudio realizado por el antropólogo Robin I. M. Dunbar dice, entre otras cosas, que los amigos verdaderos son abundante fuente de beneficios, aun más, afirma que son más provechosos que  una buena dieta u otros hábitos saludables. A mi parecer y por mi propia experiencia personal, así es. Pocas cosas más estimulantes que un abrazo sincero de alguien querido. Nada más estimulante que sentir el afecto desinteresado de un amigo. Pocas cosas más reconfortantes que recibir un abrazo sincero porque sí.

Pero cuando intento analizar las razones de por que este o el otro son personas tan importantes en mi vida puedo enumerar muchas razones por las que quiero a ese amigo o amiga cerca de mi, pero por encima de todas ellas, la que al final demuestra que se han convertido en fundamentales para ti es cuando concluyo que por encima de todo ya uno les quiere PORQUE SÍ. 




 

domingo, 17 de abril de 2022

UNA PRIMAVERA MÁS Y AHÍ ESTÁ ÉL.

 

Hoy, sin apenas habérmelo propuesto, he visto a un viejo amigo. Una de esos encuentros inesperados que, quizás, por no buscados, nos saben mejor. La sorpresa es un ingrediente que casi siempre endulza aun más los regalos que recibimos. O eso me parece a mi. 

Estas fotos las tomé hoy mismo en mi "casa" sin techo. 

Se trata de un viejísimo peral (me encantaría saber su edad, pero coqueto, él, o ella, no me la  acaba de confesar). Está en mi "casa" desde bastante antes de que yo llegara, en la puerta me recibe siempre con su porte elegante aunque a veces me parece triste. 

He de confesar que en más de una ocasión he pensado en eutanasiarlo, pero siempre ha habido algo dentro de mi que me lo ha impedido, que me decía que no. Temía que me cayera encima en el momento menos esperado. Pero lo respeté. 

Tiene un montón de heridas en su piel, muy profundas, que permiten ver sus entrañas ya ciertamente resecas que me hacían creer que su ciclo vital estaba ya finalizado. Su porte no es muy impresionante, sin duda, le cuesta mucho hacer crecer sus ramas. Pero ahí sigue, en pie. 

Descubrí con el tiempo que  esas grietas profundas de su tronco se habían convertido en el hogar de otras criaturas como este lagarto azul, algunos ratoncillos, arañas y ve tu a saber quien más.  

No podía dejar sin hogar a estas criaturas. No podía expulsar  de mi hogar al fiel guardian que me recibe resquebrajado pero regio a la entrada de mi hogar, ese cuyo techo se repinta nuevo cada día. 

¿No soy acaso, en muchos sentidos,  como este anciano peral? Me caigo,  me levanto. Me hieren, me curo. Y si hago mi parte la vida me da una oportunidad más, aun maltrecho, de seguir adelante, de una floración más para el disfrute del que quiera formar parte de mi historia. Logro en alguna manera seguir  albergando vida, alimentando los néctares de colmenas que ni conozco. En la flor de mi vida, al fin y al cabo, yo también he sido quien de dar buenos frutos. 

Felizmente no me han talado, todavía. 

A pesar de mi ignorancia, se me regala, como cada primavera, este regalo para mis ojos, para todos mis sentidos en verdad, haciéndome sentir un tanto miserable por haber considerado alguna vez su sentencia de muerte. 

De manos ajadas por el tiempo han nacido sinfonías, novelas, acuarelas, poemas, esculturas y otras obras eternas que han llenado de color y sentido la historia de la humanidad y hacen que cada día tengamos la fuerza de navegar las aguas de nuestras vidas en este mundo a pesar de tener que esquivar océanos gravemente contaminados por la necedad y la ambición desmedidas. 

Pero hoy mi viejo amigo, el peral, me ha dado otra lección de vida. Me ha regalado, a pesar de mi insignificancia,  con el brote de sus flores, una primavera más, la esperanza de que lo mejor está por llegar. 





sábado, 2 de abril de 2022

MAMÁ, ¿SOMOS RICOS?

Es este, sin duda, y no se exactamente por qué, uno de los momentos que mejor recuerdo de mi infancia. 

Yan ha pasado casi medio siglo desde que hice esa pregunta inocente y completamente sincera a mi madre mientras rebuscaba subido en la encimera de la vieja cocina en una alacena de mi casa algún dulce que podría haber sido o unas galletas "maría" o un par de onzas de chocolate "dolca", ese de un envoltorio que era, recuerdo,  de color marrón y amarillo.


Debió ser el aspecto bien surtido de la estantería de alimentos lo que me llenó de euforia, de un sentimiento de satisfacción al ver ante mi tantas cosas que me gustaban, tantas que me alimentaban a diario, que me giré hacia mi madre que estaba allí haciendo no se qué e hizo que le preguntara espontáneamente: 

- Mamá, ¿nosotros somos ricos, verdad?

- Me miró inmediatamente con una hermosa sonrisa, y al ver mis ojos abiertos y felices mirándola expectante por su respuesta, explotó en carcajadas que aún hoy llenan mi alma de alegría y agradecimiento por lo que ella y mi padre lograron para el niño que fui.

Crecí en una familia en la que mi madre era la ama de casa en toda la extensión de la palabra, mi padre trabajaba como administrador en un periódico local y compartía por entonces la vida con tres hermanas, una de ellas,  menor que yo. 

En comparación con el entorno y analizado en la distancia con los ojos de un adulto estábamos lejos, muy lejos de poder ser considerados como ricos, pero eso si, nunca eché en falta nada que me separara de un auténtico sentimiento de riqueza, de felicidad. Me sentía querido, tenía ropa cómoda que vestir y romper con facilidad, me divertía jugando en casa con mi hermanita pequeña y en la calle y en el cole con mis muchos amigos. 

Mi madre me daba rica comida que me gustaba comer. Mi padre me daba cariño, procuraba siempre enseñarme cosas de la vida, me inculcó principios tanto de palabra como por su ejemplo y me ayudaba a vivir experiencias. 

Corrían los finales de los 60 y la experiencia más tecnológica la recuerdo sin demasiado entusiasmo, cuando Papá nos reunió ante una vieja televisión de blanco y negro, en la que yo era el mando a distancia,  para ver unas difusas imágenes de unos hombres raros que,  decían, habían llegado a la luna. Tan grande acontecimiento anunciado por mi padre me importó un pito, mi planeta feliz era ese que pisaba cada día al despertarme. 

Me importaba mucho más jugar con mi hermana, a peleas a poder ser, aunque a ella le molestara mucho, salir a la calle a jugar con mis amigos a hacer el burro y de vez en cuando llegar a casa con heridas sangrantes que mi madre me curaba con desesperación y a veces con aburrimiento. Mis toscos sistemas de juegos callejeros en lo que las raspaduras, pedradas y cortes eran bastante comunes aderezos de mis entretenimientos infantiles entre los que, de vez en cuando, no faltaban alguna pelea con esos queridos amigos con los que era tan fácil perdonar y pasar del tortazo al abrazo en instantes. 

Curiosamente la vida me trajo a vivir a ese mismo barrio del que había salido décadas atrás. La cantera en la que jugaba peligrosamente a pedradas ya no existe, ahora hay un enorme edificio de piedra en su lugar. Ya no hay descampados, ya no se ven niños jugando, resulta mucho más difícil oír y sentir la felicidad que entonces se percibía con facilidad al caminar estas mismas calles. 

Hoy, mis alacenas son más grandes y no parecen rebosar como entonces a pesar de contener mucha más variedad y mucha más cantidad. Hoy se diseñan las alacenas para que sintamos que nunca se pueden llenar, para que nunca dejemos de comprar, para que la satisfacción nunca detenga nuestra ansia por adquirir más y más. 

Hoy se hacen las calles en las que no hay sitio para que los niños bajen solos y jueguen y se arañen y se peleen para que sus mamás al llegar a casa a la hora de la cena, le pongan un par tiritas al mismo tiempo que le tiran de las orejas mientras le gritan: ¡me matas a sustos!

Hoy se hacen las teles enormes para que parezca más pequeño todo lo que nos rodea. Parecen diseñarse los noticieros  para distraernos de tantas cosas grandes, buenas y hermosas que nos rodean. Parece que no esté bien sentirse rico teniendo mucho menos que los multimillonarios de yate y avión privado.  No soportan que seamos felices encontrando un para de onzas de chocolate en nuestra pequeña alacena para irnos felices a dormir cada noche. 

Con el discurrir de los años, con la madurez instalada en mi vida, tengo  la inmensa fortuna de sentir que le podría preguntar a mi madre de nuevo si soy rico. Y no lo haría por tener mucho chocolate almacenado, ni por tener un coche mucho mayor que el que mi padre tenía, ni por tener una casa más grande ni una tele enorme, a todo color, con un verdadero mando a distancia. No, ahora le podría contestar a mi madre esa misma pregunta hecha hace casi 50 años. 

Si, mamá, si que soy rico. Muchas gracias por enseñarme que la felicidad no la proporciona la despensa llena, sino un corazón colmado de lo auténticamente necesario: todo eso que mi madre, mi padre, mis hermanas y mis amigos me daban entonces. 

Hoy mi compañera, mis hijos y mis amigos siguen proporcionándome razones para mirar al cielo y decir: 

- si, mamá, si que éramos ricos. Y lo sigo siendo.





viernes, 11 de marzo de 2022

ABUELOS (aitites)

Ahora que estoy luchando por superar mi larga adicción a los dulces, a las chucherías, a las grasas y al azúcar en general llegan estos dos. 

El mejor placebo que llene mi ansia de tanta dulcería. Cambiar la gominolas por las tiernas babas de estos dos locos bajitos me está ayudando sobre manera a superar mi reto titánico contra las "larpeiradas" y las comidas fáciles. 

Sus manitos en mi rostro son el mejor electroshok para tanta convulsión provocada por la abstinencia de azúcares en mis venas. No son sangre de mi sangre, pero sin duda se han convertido en el corazón de mi corazón. Cosa curiosa. 


Había leído mucho sobre la "abuelidad", sin duda me ilusionaba, pero disfrutarla es una de las cosas más deliciosas que tengo en mi vida. 

Han llegado a mi por caminos que jamás habría podido sospechar y han rebosado mi alma de manera impensable. Esa sensación sublime de ser padre, de ser el causante de una vida, que en si misma es una idea no del todo comprensible, se torna aún más misteriosa cuando tomas en tus manos a un ser diminuto que proyecta una sombra de felicidad inmensa que parece llenarlo todo. 

Yo que soy más gallego que el pulpo á feira pues resulta que ahora me llaman "Aitite" ya que la tradición familiar de la abuela lo impregna así. Ahora además ella les enseña a los dos a llamarme "Aitite Pacucho" que es sin duda el título más tierno que jamás pude imaginar. Se aúnan en esas do palabra lo más dulce de las tradiciones familiares del abuelo y la abuela, del aitite y la amama. 

En este hogar ya nos volvemos a tropezar con juguetes en el pasillo o podemos encontrar chupetes en la nevera. Los pequeños han revolucionado con sus gritos, risas, llantos y carreras este hogar que había estado en estado casi de letargo por el período de nido vacío y por las penurias de la emigración forzada. Gracias a ellos hemos vuelto a disfrutar de una feliz navidad a pesar de loso pesares, a pesar de las ausencias, nuestros nietos lo llenan todo de alegría genuina.

Estos locos bajitos me han retirado, sin saberlo, mi visado para emigrar nunca más. Y ahora como buen abuelo cuando nos llegan torcidas las cosas, me empeño en el "¡malo será!".

Tienen ahora dos añitos, ya cerca de los tres, esta edad tan maravillosa como impredecible. Nos regalan con sus ojitos llenos de vida y curiosidad las ganas de volver a descubrir con ellos, nos hacen olvidar las ciáticas y la falta de aceite en las articulaciones y ahí nos vemos en el suelo tirados con ellos encima, al lado, por todas partes y añorando el clímax súmmum de la hora de su siesta. De poder tenerlos en nuestros brazos con los ojos cerraditos. ¡Qué paz! 

Momento este perfecto para ensoñarnos a su lado pensando en lo que como padre pude haber hecho y no hice. Y se me agolpan en mi mente mil razones para pedir perdón a mis propios hijos por no haber hecho mejor mi trabajo de padre. Y de vez en cuando, claro, una sonrisa que me abraza cálidamente la memoria al traer momentos semejantes vividos como papá.

Son pues también esa maravillosa segunda oportunidad que nos da la vida de centrarnos en lo esencial por encima de lo importante. De gozar la vida por vivir antes de las luchas por sobrevivir.  De disfrutar con calma una vez que aprendimos, por fin, que las prisas no eran buenas, tal como nos enseñaban nuestros propios abuelos. 

Los años nos quitan muchas cosas, pero nos dan muchas más y son los nietos ese lienzo que se nos presenta en blanco de nuevo para enderezar los trazos que en su momento no supimos dibujar con acierto, aunque si, siempre, con la mejor intención y con lo mejor que entonces teníamos a nuestro alcance. 

Me dejó perplejo el pequeñajo que al llegar a casa me espetó mientras me sacaba la chaqueta: 

- ¿qué tal el "tabajo", aitite?

Lo estrujé en mis brazos mientras disimulaba las lágrimas que irremediablemente me brotaron al recordar cuantos dulces saludos de este tipo he extrañado durante mi vida.  

- Pues el "tabajo" mejor que nunca "meu filliño".

jueves, 17 de febrero de 2022

OCASION ESTRELLA

Imagino al verle como un regalo este agradable sol invernal y supongo que habrá sido la "ocasión estrella" de esta persona que duerme al calor de esta brillante mañana de enero bajo el umbral de un viejo negocio de automóviles de lujo que, como muchos otros, ha dejado de ser. 

Imagino que en el sueño del durmiente habrá también mil historias felices que se truncaron por razones que, posiblemente,  ni el soñador conozca con certeza. 

Imaginé una vida feliz, una cálida cama, un maternal beso antes de conciliar el sueño que serían ahora para él o para ella su "ocasión estrella" perdida. 

Imaginando que alguien o algo tapió, como a esta puerta que ya no es,  el futuro del yacente vagabundo impidiendo inmisericorde la oportunidad de rectificar, de volver a empezar, de pedir perdón, de ser perdonado, de rehacerse desde sus pedazos. En estos tiempos condenamos, tapiamos, a perpetuidad con demasiada facilidad.  

Imaginará, soñando, quizás un reencuentro, un golpe de suerte, un cambio repentino en los vientos que alejen la tormenta que le ha llevado hasta este lecho de esterilla sucia, raídas mantas y bolsas llenas de las miserias hasta este lugar bajo una "ocasión estrella" ya apagada. 

¡Imagina que sucede! 

Imaginé que sucedía, que el sol de esta mañana no se nublaría ya nunca más bajo un abrazo con el que está soñando se hiciera realidad, haciendo que la "ocasión estrella" en su vida nunca más se volverá a  velar.

Imaginar es fácil a veces, pero frecuentemente imaginar puede quemarnos como al acercarnos demasiado a la incandescencia de una estrella que se fue, como en ciertas ocasiones,  para no volver jamás. 

jueves, 3 de junio de 2021

VACUNADO

Ayer recibí la segunda dosis de la vacuna contra el covid-19. Mucho antes de lo que yo esperaba y que me deja un poso de esperanza de que las cosas vayan a mejor a partir de ahora.

Certificado de Vacunación del Covid-19

Me llamó la atención muy positivamente la buena organización tanto la primera vez, hace exactamente tres semanas, como esta segunda que supuestamente completa una protección eficaz contra el famosísimo virus que tanto ha sacudido y sacude las vidas de todos los habitantes de nuestro planeta. Resultó para mi llamativo también no solo la eficacia en el proceso sino la amabilidad de todo el personal tanto de seguridad como el administrativo y el sanitario. A mi parecer impecable por la paciencia con la que atendían a un sin parar de personas que íbamos desfilando por el enorme edificio que acoge la vacunación en A Coruña. Unos van más preparados o más despistados, pero no vi en ningún momento una mala cara de nadie de los que manejaban el largo procedimiento y me imagino que ha de ser muy cansado pues el goteo de personas es continuo. El pinchazo casi imperceptible me sorprendió también muy gratamente. Las agujas nunca me han resultado simpáticas. 

Otro aspecto positivo de la experiencia es reconocer a algunos viejos conocidos de la infancia a los que no veía hace muchísimo tiempo y bueno, pensaba que, comparando, me podrían haber ido peor las cosas. Al menos en lo evidente. 

Los vacunados también participan muy cívicamente en el proceso. Nadie tenía que pedir distancias por que todos las guardábamos respetuosamente. Colas muy largas muy ordenadas que hacían mucho más llevadero el tiempo de espera, tanto antes de entrar, durante el proceso de vacunación y al final para esperar esos quince minutos de espera preventiva y en la expedición de ese certificado de vacunación que no tengo claro para que lo podamos necesitar en el futuro. 

Los vacunados durante la espera preventiva de 15 minutos

Un tablón a la salida en la que algunos expresábamos agradecimiento por el trato recibido y por el esfuerzo del sector sanitario durante la pandemia. Creo que estos detalles nunca están de más. 

Viendo todo esto yo pensaba: - ¡Qué buen rebaño si tuviéramos buenos pastores!

¿Y ahora qué? Ya se supone que estoy inmunizado, pero esto no acabó del todo, no hasta que la mayoría de la población esté vacunada ya que este tratamiento está siendo eficaz en la gravedad de la enfermedad, pero no ataja el enorme problema de contagio para aquellos que aún no recibieron la famosa inyección o inyecciones, que de momento son la mayoría. No hay que olvidarlo.

Lo que si me parece es que esto supone esa luz al final del largo túnel de la pandemia en nuestro país. 

Un túnel que nos dejó a muchos más solos a otros más débiles, a otros sin empleo, a otros sin negocio, a otros sin esperanza, pero también a otros más fuertes. De las crisis, dicen, se sale fortalecido o no se sale. Veremos.

Un túnel en el que se mostró la cara noble de la población aceptando confinamientos, cierres, toques de queda, restricciones y amordazamientos interminables con esas mascarilla que a muchos nos agobian sobremanera. Me enseñó que somos una sociedad cívica en general. En muchos de mis paseos en bici o caminando por el bosque me asombró como todos con los que uno se cruza se cuidan de ponerse la mascarilla antes de llegar a una distancia corta, sin excepciones. Quizás no sea una medida muy eficaz, no lo se, pero sin duda es una muestra de respeto hacia los demás. Me ha parecido un comportamiento ejemplar el de la población en general. Otro cantar es la actitud irresponsable de los pocos de siempre que haciendo gala de un egoísmo bañado en idiotez ponen en peligro los esfuerzos de la mayoría.

También ha quedado de manifiesto, muy lamentablemente, que la clase política de este país, en términos generales está mucho más ocupada en sus propios intereses partidistas y particulares que en el interés general de la población a quien dicen representar, pues nunca han sido capaces de echar a un lado sus diferencias para hacer frente común a la crisis más profunda desde que somos una democracia (dicen).  

Los dirigentes internacionales deberían poner más empeño en que TODOS recibamos este tratamiento lo antes posible, sin distinción de nacionalidad. Pero me temo que los intereses económicos pesan mucho más que los sanitarios. Siguen negando la evidencia de que la globalización ha hecho ya una realidad por la cual un estornudo en Sudán puede contagiar a 35 daneses, 126 canadienses, 14 españoles o 34 japoneses. Así nos seguirá yendo. 





lunes, 1 de febrero de 2021

PUNTO Y APARTE

 Hasta aquí ha llegado esta breve, pero intensa etapa en mi vida. Hay viajes que en los que uno no se maneja con seguridad sin un buen copiloto al lado. 

Regreso a casa. 

Mi etapa en los Países Bajos, a pesar de todo, se puede considerar muy positiva. He alcanzado los objetivos profesionales que buscaba y aunque los planes se pintaban a más largo plazo, el paso de los días ha mermado mi capacidad de resistencia ante la intemperie que sufre con especial rigor el caminante solitario y entendí que lo mejor era darse media vuelta. 

Un viaje de vuelta de contrastes. 

Dejo un entorno profesional en el que en pocos meses he logrado en un país nuevo para mi una reputación profesional reconocida y expresada por mis contratadores que ya quisiera encontrar en mi país. Me llamó poderosamente la atención que al anunciar a la empresa que me iba, el máximo responsable de la misma me llame para interesarse por las razones de mi salida, expresar su pesar por dejar de tenerme en su plantilla, en la que se me había ofreció un contrato indefinido,  y me dejó la puerta abierta para un hipotético retorno deseándome suerte en mi regreso a casa. Yo ni siquiera sabía que este hombre del despacho grande del piso de arriba supiera quien soy. Pero parece ser que si sabía quien era y lo que hacía cada día en la empresa que dirige. Es de agradecer. 

El afecto de mis compañeros al despedirse me resultó sobrecogedor y  hizo un poco más complicada mi salida. ¿A quién no le gusta sentirse apreciado? 

Este tiempo en estos Países Bajos y, por cierto, fríos, me resultó difícil de transitar cuando el invierno pareció bajar una persiana que me hacía sentir que vivía en permanente penumbra y que hizo más complicado el día a día. 

Nada de todo esto hubiera sido posible sin mis ángeles de la guarda neerlandeses, que me hicieron sentir que viajaba en limusina en vez de hacerlo en un vehículo de trabajo. Hacia estos no encuentro suficientes palabras para expresar un agradecimiento que hacia ellos ya es eterno e indeleble en mi corazón. Son mi familia en los Países Bajos. Sin ellos me hubiera congelado.

-El regalo de despedida de mi Familia Neerlandesa-

Soy consciente de que regreso en el peor momento a casa en lo que a trabajo se refiere. España está hecha girones y se aprecia con más claridad si cabe desde el balcón de la emigración. Voy de un escenario en el que uno se siente útil, y hasta necesario, profesionalmente, a otro en el que he de abrirme paso en una selva en la que los mayores de 50 somos invisibles a los empleadores y en donde la experiencia, que es mi mayor valor, no es considerada. Pero lo tengo que intentar de nuevo por que hay cosas que son muy importantes, pero hay otras que son imprescindibles. 

Lo intentaré de nuevo y de un modo u otro lo voy a conseguir. El tiempo dirá como. 

No hay conquistas imposibles cuando la fe calza tus pasos.