sábado, 17 de enero de 2026

AMIGOS FIELES

Durante el estudio semanal de las escrituras se nos enseña acerca de la relación del Profeta José Smith con algunas personas a las que calificó de amigos fieles. Nos relata José la importancia de estas personas, no sólo en su propia vida, sino también en el establecimiento del Reino de Dios en esta última dispensación y en la historia de la Iglesia de Jesucristo y, por lo tanto, en cierta manera, en nuestras propias vidas como Santos de los Últimos Días. 

Yo perdí a mi padre a una edad muy temprana, demasiado temprana diría yo. Era todavía un niño de 12 años, y a pesar de eso su figura siempre ha estado y está muy presente en mi vida. Reconozco con felicidad algunos rasgos que identifico como su herencia personal en mi. Uno de ellos es el valor de la amistad, de la amistad verdadera. El me decía "mi amiguiño", el título más hermoso al que puedo aspirar frente a quienes amo. 

Al hablar de amigos fieles no he podido evitar acordarme de mi padre y me sentía obligado a llevar a cabo con este simple mensaje, un acto de justicia reconociéndole a él, a mi padre, y agradeciendo a Dios por ello. 

Son los amigos fieles esos que nunca pierdes a pesar del tiempo y la distancia. Los que encuentran en las diferencias de opinión una deliciosa salsa que hace más sabrosa esa relación de amistad.  Son los amigos fieles los que están más allá de las circunstancias. Aunque muchas veces la vida nos impone una distancia que pocas veces tenemos la oportunidad de salvar para poder compartir abrazados las tristezas y/o las alegrías. En algún momento y de algún modo esas lágrimas de pesar o de gozo serán compartidas para regar con las mismas el eterno árbol de la amistad verdadera. 

Gracias, mi amigo fiel. 

miércoles, 17 de diciembre de 2025

 ESA FÁBRICA DE SONRISAS. UN BÁLSAMO PARA EL ALMA.

Eso son, entre otras cosas, los nietos que llegan en ese momento tan especial, cuando estamos en lo que llaman el atardecer de la vida. Lo llenan todo de luz y de sonrisas. Pero esas sonrisas que sientes que salen del alma, auténtica felicidad.
Despejan cualquier sombra de tormenta y lo llenan todo de ilusión.
Nos permiten redimirnos de nuestras faltas como imperfectos criadores que hemos sido y en el momento en el que los años ya nos han enseñado la importancia de lo esencial frente a las urgencias de lo necesario.
Cada uno distinto, cada uno mejor y mejor y mejor.
Volver a sentir una manita pequeña en la tuya es algo que no tiene precio y te indica lo que verdaderamente importa en la vida.
Un abrazo suyo te hace sentir el hombre más rico del mundo. De hecho, nadie me podría convencer de lo contrario. Muy rico, si señor.



sábado, 22 de julio de 2023

 VIEJAS AMIGAS

La pequeña solo tiene tres añitos, su abuela algunos más, pero comparten un mismo brillo en los ojos que les hace parecer amigas de toda la vida. 

Tal como compañeras de pupitre, como si se hubieran ayudado mutuamente a subirse a los cerezos en verano, como si hubiesen compartido las confidencias de sus primeros amores.

Caminan juntas como si sus pasos fuesen paralelos desde que ambas nacieron... o antes. 

Sus destinos son inseparables aunque los accidentes de la vida pretendan separarlas. 

Esta amistad viene de mucho más allá, va mucho más allá. 

Si no fuese así, no podrían mirarse del modo en que lo hacen. 



sábado, 8 de julio de 2023

¡A LAS REBAJAS!

Una tarde de verano, sin aviso previo, me vi arrastrado, inocente, a un paseo que sonaba cotidiano, pero aun feliz. Sin saberlo, tenía un destino desconocido, imprevisto, impredecible. Me llevaron, a traición, a unos grandes almacenes cuyo nombre no me atrevo a pronunciar, para hacer unas compras aprovechando la época de rebajas. 

Cuando ya de camino me enteré del inesperado e inquietante destino el nerviosismo me atenazó y no alcancé a exponer ninguna excusa aceptable para poder librarme de tan tenebrosa tarea. No había remedio. 

Me sentía como un preso judío en su camino al forzado exilio en la tenebrosa Babolonia. Ni el más mínimo atisbo de clemencia en mi "Navuconodosora" particular. Mi destino estaba definitivamente sentenciado.

La seguí resignado y cabizbajo hasta entrar en el oscuro edificio lleno de luces y carteles y escaleras mecánicas y dependientas maquilladas de pies a cabeza tal como puertas lacadas. Guardias de seguridad que te miran desafiantes como diciendo:  "te veo, desdichado, mantente en silencio y supéralo". 

Su mano era fría, su mirada indiferente.
Subimos un par de plantas, me limitaba a seguir los pasos de mi mujer que impertérrita y con una leve e inquietante sonrisa se dirigía a perpetrar la tarea que sibilinamente me había ocultado todo el día sin darme la oportunidad de poder pergeñar una estrategia de evasión que me pudiera evitar tamaña tortura. 

Segunda planta, sección de señoras. Ahí me dejó abandonado a mi suerte, le hizo un giño a la señorita del vestido floreado que, amable, pero distante, me cogió de su mano que se sentía fría, como su mirada, sin mostrar la más mínima calidez que pudiera ayudar a mitigar mi amarga experiencia.

Perdía por momentos de vista a mi carcelera, se movía con gran agilidad y sigilo entre los innumerables percheros repletos de vestidos de todos los colores imaginables.

Se cruzaban ante mi muchas mujeres, casi todas emparejadas con otra mujer, la mayoría parecían ser parejas de madre e hija, bueno más bien de madre y abuela. 

Pude ver, con el alivio absurdo de no sentirme el único desdichado, a algún marido que seguía con rostro inexpresivo a su correspondiente "Navuconodosora". Un fugaz y tímido cruce de miradas con el que nos solidarizábamos mutuamente en nuestras penurias en esas mazmorras de la segunda planta del "corte babilónico" en esa tarde de infausto recuerdo. 

Mi pálida acompañante apenas levantaba la mirada. Ni un gesto de consuelo en los interminables minutos durante los que mi esposa me dejó a su cargo mientras abordaba la incompresible tarea de encontrar su tesoro en forma de veraniego tejido colorido. Pensé que podría estar ella también sufriendo por el saldo mostrado en el cartelito. 29'99 € es un humillante precio para mujer de tan hermoso talle. Coincido con ella. Humillante. Ese razonamiento pareció que hacía su tacto más cálido. 

Pasaban lentos e interminables los minutos en este inhóspito paraje. Parecía este tormento no tener fin. 

De repente mi guardiana me abordó por la espalda sin previo aviso y me dijo. ¡Ven! Y he aquí, que yo fui. ¡Que remedio! No me quería quedar sin el premio prometido si era bueno. Un buen chocolate con churros. 

Me pidió que me quedara a la puerta de un probador. Me despedí con una mirada amable de mi discreta acompañante provisional. Seguí a mi "conyuja" hasta la cortinita tras la que se introdujo. Esperé un poquito más. 

¡Chssss, chssss! llamó mi atención para que entrara. ¿Cual te gusta más? Me dice. ¿Este o este? Pffffff. Pues no sé. A ti te sienta bien cualquiera de los dos, contesté indulgente, intentando ganarme su favor. 
¿Pero cual me queda mejor? ¡Uuuuuy! esa es una peligrosa pregunta trampa. Por supuesto le dije que los dos le quedaban de maravilla. -¿Pero cual te gusta más? ¿El verde o el azulado? Cerré los ojos, crucé los dedos tras mi espalda y dije sin pensar: ¡El verde!

Por supuesto, se compró el azulado. 

Lo importante es que no tardó demasiado en pagar y pudimos salir. Podía volver a respirar aire puro y ver de nuevo el azul cielo sobre mi cabeza. Feliz y aliviado decidí cambiar mi premio de churros por un agua mineral con gas, con hielo y limón. 

La apuré con ganas hasta el último sorbito. Hasta le di un bocado al limón que me supo más dulce que nunca después de tan amarga experiencia. 

martes, 20 de septiembre de 2022

UNA CARA SUCIA

 A medida que los años van pasando voy mejorando mi capacidad de observación. 

Mi carácter impaciente e impulsivo me ha privado durante mi vida de disfrutar de muchos momentos que se me escurrieron de las manos sin ser quien de detenerlos, manosearlos, disfrutarlos. Vivirlos, en definitiva. 

Esta nueva escuela en la que me han matriculado mi dos nietos me está recordando el valor de la observación no invasiva. Algo que siempre aprecié, pero que no demasiadas veces he puesto en práctica. Y no por que no tuviera oportunidades. Mi vida ha sido, felizmente,  rica de estos momentos y muchos, demasiados, sin duda,  los dejé pasar sin haberles sacado todo el jugo que me hubiese alimentado el alma en un grado que siempre se necesita en el progreso vital de toda persona. 

Esta vez el master lo impartieron los dos pequeñajos jugando en el huerto de su casa. Vaya por delante mis disculpas a los papás a los que, con seguridad, la escena no les habría hecho tanta gracia como a mi dado el estropicio en el huerto que se estaba perpetrando durante el desarrollo de esta escena.  

Estaban sentados en la tierra, divirtiéndose sacando tierra de aquí, llevándola para allá... Subiendo, bajando. Corriendo, saltando, riendo, llorando, sangrando, abrazando, empujando, besando. Todo esto en un divino desorden lo suficientemente caótico como para trasladar al silente mirón a un mundo ideal.  Ese en el que no conjugan algunos verbos que solo utilizan los adultos en sus tristes batallas cotidianas. En ese pequeño espacio todo era felicidad. 

Miraba embelesado como interactuaban comunicándose ya con fluidez y con graciosa torpeza. Ese tipo de conversaciones en la que es permitido y hasta recomendado, mezclar churras con merinas. Esas conversaciones maravillosas en las que se relaciona el tocino con la velocidad de un modo inconcebiblemente razonable. Pero solo si el adulto (en este caso, yo) permanece en silencio, sin intervenir. Se perdería la magia que permite dar sentido a lo que para nosotros, los "mayores", ya no tenemos capacidad de entender del todo. Simplemente nos hace gracia en nuestra ignorancia desprovista ya de la inocencia necesaria para descifrar los códigos que manejan estas personitas en sus comunicaciones. 

Cuando vi la fotos que había robado de estos momentos me trasladé a unos tímidos recuerdos de mi infancia y solo cuanto estuve lo suficientemente imbuido en esos pensamientos recordé de mi propia niñez. 

Recordé, incluso, los momentos vividos con mis hijos que me confirmaban la certeza de la ecuación por la cual se desprende que la cantidad de porquería en las manos, en la cara, en las piernas, es directamente proporcional a la felicidad vivida.  

A veces nos empeñamos excesivamente en la pulcritud en el ámbito incorrecto. Nos empeñamos en ser pulcros en la apariencia y no tanto en la esencia. 

Ellos no. Se divierten sin preocuparse de las manchas, de los lamparones, de las uñas-mejillón, de las raspaduras, de las prisas, de las previsiones. 

Ellos no. Ellos juegan. 

¿No deberíamos acaso nosotros jugar, sin más? Ahora lo hacemos preocupados por ganar. O quizás con la única motivación de entrar en un pantalón en el que ya el botón y el ojal de la cintura se han divorciado definitivamente. 

Ellos no, ellos simplemente juegan. 

Se ensucian al mismo ritmo que lustran su alma y nos recuerdan como un día nuestro yo más íntimo estaba así de limpio. Con lamparones, raspaduras, chorros de porquería recorriendo nuestras piernas, uñas de luto. Y con el alma más limpia que nunca antes y, lamentablemente, jamás después. 




domingo, 19 de junio de 2022

JUNGLA LABORAL

Cumpliré durante el presente diez años desde que perdí mi empleo de toda la vida, súbitamente, sin ninguna razón real que lo justificara si exceptuamos la argumentada por la empresa de una necesidad económica amparada en ¡oh casualidad! nuevas leyes que nos dejaban más desprotegidos a los trabajadores, y lo que es más peligroso y finalmente en mi caso, letal, ante la arbitrariedad de un empresario, que como buen hombre de negocios español, la meritocracia y la justicia carecen de valor a considerar. En estos lares es mucho más importante el ser amigo de, o ser diestro en el arte del peloteo y del quedar bien con el codo apoyado en un barra de bar. Yo nunca fui muy bueno esto último y me ha costado muy caro, sin duda. 

Durante esta década de tránsito por la jungla laboral a la que me vi abocado he tenido aventuras laborales en cinco países distintos. Todas distintas, todas singulares, unas más duras que otras. Pero, eso si, todas enriquecedoras en diversos sentidos. 

Parte de mi rico legado de amistades en mi tránsito laboral en Reino Unido y Países Bajos. 

Si hay una línea clara y notoria de división es la diferencia que percibí a la hora de trabajar en mi propia tierra y hacerlo en el extranjero. No cabe la menor duda. Por mucho que me apene. En Reino Unido, Alemania o Países Bajos los empleadores valoran tu capacidad para afrontar con solvencia las tareas para las que te han contratado, nunca me he sentido prejuzgado por mi nacionalidad, raza, edad, género, religión o posición política. En mis años de trabajo en el extranjero nunca se me ha juzgado por otra cosa que no fuera mi desempeño profesional, ni siquiera fueron determinantes las titulaciones que uno posea previamente. He de decir que no me fue nada mal profesionalmente. Pude trabajar a pesar de mi edad y de la barrera del idioma. Ninguna de estas dos circunstancias me impidieron hacerlo exitosamente, lo cual me llevó siempre a un reconocimiento en forma de promoción profesional y de sentirme apreciado cuando, al dejar una empresa, se me pedían explicaciones del por qué y se me daban alternativas e incentivos para reconsiderar mi decisión de marcharme. Nunca me despidieron de ninguna empresa, siempre fue una decisión propia basada en mejora profesional o cuestiones relacionadas a la adaptación a las circunstancias personales que tienen que ver con la vida diaria en un país que no es el mío y, sobre todo, por estar lejos de los míos.  

Es bien distinta mi experiencia laboral en España, más concretamente en A Coruña, de donde soy nativo y en donde he pasado casi toda mi vida. 

Como resumen, estos últimos 12 meses en los que he tenido 8 contratos distintos en duración, garantías y horarios. Ninguna de esas condiciones estaban ligadas a mi rendimiento. Podría decir que el premio era el mismo si mi desempeño fuera óptimo, como si lo hubiera sido deficiente. Por si fuera poco, la hacienda pública penalizará mi inestabilidad y me hará pagar más impuestos por tener distintos pagadores, como si eso fuera un "lujo" por mi escogido. 

En estos últimos años he renunciado dos veces voluntariamente a un puesto de trabajo. La primera vez era debido a que el "empresario" esperaba que dedicara alrededor de 80 horas semanales a su negocio, justificando el exceso en un sobresueldo generoso, según él, claro. Llegué a la conclusión de que ganaba alrededor de 2 euros la hora. Aguanté tres meses. Alcancé cada mes el mínimo exigido de facturación, pero no acepté nunca el horario señalado. Este hombre de negocios, por llamarlo de algún modo, obviaba la necesidad que una persona tiene de vida propia, ocio y contacto familiar o social, lo cual no cabía en absoluto en esta fórmula en la que solo había espacio para el volante, la comida y el sueño. Me fui teniendo que oír reproches que insinuaban que, en realidad, yo no quería trabajar,  y como premio final me robó los incentivos del último mes. Y esta es una historia que repite constantemente en un sector tan reivindicativo como el del taxi. Si, esos mismos que bloquean las carreteras en defensas de derechos que niegan y pisotean a sus propios empleados. Todos lo saben, nadie hace nada por solucionarlo. La ilegalidad como forma de negocio. 

La otra vez que renuncié fue una corta aventura en el mundo comercial telefónico en el aguanté solo una semana. Por una parte fue por mi nulo instinto comercial, pero sobre todo por que los escrúpulos me impedían llevar a cabo una labor en la que sentía que cada llamada que realizaba era para engañar alguien para beneficio de una poderosa empresa. Con una sonrisa pedí la cuenta y me fui. Esa semana me había parecido un año. 

Por fin, obtuve un contrato indefinido este mismo año. ¡Indefinido! El primer contrato indefinido estos diez años. Bueno, así lo fue por increíble parezca, aun cuando esa indefinición durase dos meses. Despido inventado y a volver a empezar. Parece una broma, ¿verdad? Pues no, esta es la realidad en este país en pleno siglo XXI, en la próspera Europa de la que decimos ser parte. Se rien de nosotros. Después llegan las elecciones y se hace realidad el poderoso refrán gallego. "Mexan por nos e temos que decir que chove". Creo que no hace falta traducción. Pues eso. 

El resto de experiencias han sido buenas, todas ellas, unas me gustaban más otras menos o poco, pero con mi edad es difícil escoger. Aquí una persona mayor de 35 o 40 años está en proceso de desguace para los empleadores, en términos generales. Todas acabadas por lo mismo: fin de temporada. 

Y esa amarga sensación de ser tratado como mercancía barata es inevitable. 

Todo tiene que ver, a mi parecer, con esa vieja mentalidad de que lo mejor es tener un empleo para toda la vida. Hayas estudiado o no, seas diestro en ciencias o en letras, no hay nada mejor que un empleo para siempre en donde ahogues tus ansias por alcanzar un sueño que, muchas veces, no has querido ni llegar a soñar, vendiendo así tus ilusiones de hacer lo que verdaderamente te gusta o amas  a cambio de un sustento seguro que, quizás, no lo sea tanto como a mi me sucedió.

De estos diez años de frustrante lucha me quedo con lo mejor, que ha sido descubrir que soy mucho más capaz y mucho más fuerte de lo que me creía durante esas tres décadas de estabilidad. Y si he de lamentar algo, sin duda, es que ese despido no hubiera llegado diez o quince años antes. Si supiera entonces lo que hoy sé estoy seguro que hubiera sido yo el que me dirigiera a la puerta de salida. Faltaba coraje y más confianza en uno mismo.  

He aprendido más sobre mi y sobre la vida y el mundo en general en esta última década en los cuarenta años precedentes. He conocido lugares y, sobre todo, personas increíbles, tengo amigos en los cinco continentes a los que me encantaría, sin duda, volver a ver y abrazar,  aquí o allá. 

Si algo me ha ayudado a enriquecerme profesionalmente ha sido un despido arbitrario e injusto, que truncó una vocación, pero que me dio lugar a descubrir que el mundo es mucho más grande y hermoso si te atreves a soltar las manos de la barra que te ata al suelo, y volar. Quizás más incómodo, seguro que si, pero infinitamente más hermoso y enriquecedor.  



domingo, 15 de mayo de 2022

¡PORQUE SÍ!

Jugaba con mi nieto en el campo, un muchachito muy inquieto y vivo que va a cumplir pronto tres añitos. Siempre quiere participar cuando estamos haciendo alguna tarea, es curioso y tiene una sonrisa que me cautiva.

Me ayudaba a limpiar un enorme barreño y espontáneamente le dije que le quería mucho y le pregunté si él me quería a mi y rápidamente mirándome con sus enormes ojos me dijo que sí. Le pregunté que por qué me quería y sin levantar la mirada de la faena me contestó rápida y categóricamente: - ¡Porque sí!


No es que el rapaz meditara mucho la respuesta, incluso, para ser honesto,  diría que sonó a: !pero qué pesado eres, abuelo! ¿qué pregunta es esa? ¡Calla y sigue jugando conmigo!

Seguí sus instrucciones implícitas y nos divertimos compartiendo tareas juntos. 

No obstante no dejé de pensar en su espontáneo "porque sí". Y es que creo que en realidad cuando uno llega a querer de verdad, efectivamente, lo acaba haciendo porque sí. 

A unos los queremos por que los conocemos desde que nacemos, a otros los amamos como si hubiesen nacido con nosotros. Y a todos los que queremos de verdad, en realidad, los continuamos amando por la misma razón: Porque sí.

¿Se puede querer acaso con autenticidad si no se hace incondicionalmente? Yo creo que no. 

A las personas a las que quiero siempre en mi vida, a las que amo de verdad, llegado ese punto se les quiere por encima de cualquier atributo o requisito. No importa si no piensan como yo, no importa si no compartimos nuestras creencias, ideales, gustos, aficiones o si nos es conveniente o no estar unidos por ese lazo afectivo que nos enriquece mutuamente. Si el afecto es puro. Todo se supera. 

Tengo la fortuna de poder contar entre las personas a las que considero amigos, y por lo tanto, en gran medida amados, a una gran variedad de colores de caracteres, razas, ideologías y sensibilidades. 

Un famoso estudio realizado por el antropólogo Robin I. M. Dunbar dice, entre otras cosas, que los amigos verdaderos son abundante fuente de beneficios, aun más, afirma que son más provechosos que  una buena dieta u otros hábitos saludables. A mi parecer y por mi propia experiencia personal, así es. Pocas cosas más estimulantes que un abrazo sincero de alguien querido. Nada más estimulante que sentir el afecto desinteresado de un amigo. Pocas cosas más reconfortantes que recibir un abrazo sincero porque sí.

Pero cuando intento analizar las razones de por que este o el otro son personas tan importantes en mi vida puedo enumerar muchas razones por las que quiero a ese amigo o amiga cerca de mi, pero por encima de todas ellas, la que al final demuestra que se han convertido en fundamentales para ti es cuando concluyo que por encima de todo ya uno les quiere PORQUE SÍ.