Cumpliré durante el presente diez años desde que perdí mi empleo de toda la vida, súbitamente, sin ninguna razón real que lo justificara si exceptuamos la argumentada por la empresa de una necesidad económica amparada en ¡oh casualidad! nuevas leyes que nos dejaban más desprotegidos a los trabajadores, y lo que es más peligroso y finalmente en mi caso, letal, ante la arbitrariedad de un empresario, que como buen hombre de negocios español, la meritocracia y la justicia carecen de valor a considerar. En estos lares es mucho más importante el ser amigo de, o ser diestro en el arte del peloteo y del quedar bien con el codo apoyado en un barra de bar. Yo nunca fui muy bueno esto último y me ha costado muy caro, sin duda.
Durante esta década de tránsito por la jungla laboral a la que me vi abocado he tenido aventuras laborales en cinco países distintos. Todas distintas, todas singulares, unas más duras que otras. Pero, eso si, todas enriquecedoras en diversos sentidos.
 |
| Parte de mi rico legado de amistades en mi tránsito laboral en Reino Unido y Países Bajos. |
Si hay una línea clara y notoria de división es la diferencia que percibí a la hora de trabajar en mi propia tierra y hacerlo en el extranjero. No cabe la menor duda. Por mucho que me apene. En Reino Unido, Alemania o Países Bajos los empleadores valoran tu capacidad para afrontar con solvencia las tareas para las que te han contratado, nunca me he sentido prejuzgado por mi nacionalidad, raza, edad, género, religión o posición política. En mis años de trabajo en el extranjero nunca se me ha juzgado por otra cosa que no fuera mi desempeño profesional, ni siquiera fueron determinantes las titulaciones que uno posea previamente. He de decir que no me fue nada mal profesionalmente. Pude trabajar a pesar de mi edad y de la barrera del idioma. Ninguna de estas dos circunstancias me impidieron hacerlo exitosamente, lo cual me llevó siempre a un reconocimiento en forma de promoción profesional y de sentirme apreciado cuando, al dejar una empresa, se me pedían explicaciones del por qué y se me daban alternativas e incentivos para reconsiderar mi decisión de marcharme. Nunca me despidieron de ninguna empresa, siempre fue una decisión propia basada en mejora profesional o cuestiones relacionadas a la adaptación a las circunstancias personales que tienen que ver con la vida diaria en un país que no es el mío y, sobre todo, por estar lejos de los míos.
Es bien distinta mi experiencia laboral en España, más concretamente en A Coruña, de donde soy nativo y en donde he pasado casi toda mi vida.
Como resumen, estos últimos 12 meses en los que he tenido 8 contratos distintos en duración, garantías y horarios. Ninguna de esas condiciones estaban ligadas a mi rendimiento. Podría decir que el premio era el mismo si mi desempeño fuera óptimo, como si lo hubiera sido deficiente. Por si fuera poco, la hacienda pública penalizará mi inestabilidad y me hará pagar más impuestos por tener distintos pagadores, como si eso fuera un "lujo" por mi escogido.
En estos últimos años he renunciado dos veces voluntariamente a un puesto de trabajo. La primera vez era debido a que el "empresario" esperaba que dedicara alrededor de 80 horas semanales a su negocio, justificando el exceso en un sobresueldo generoso, según él, claro. Llegué a la conclusión de que ganaba alrededor de 2 euros la hora. Aguanté tres meses. Alcancé cada mes el mínimo exigido de facturación, pero no acepté nunca el horario señalado. Este hombre de negocios, por llamarlo de algún modo, obviaba la necesidad que una persona tiene de vida propia, ocio y contacto familiar o social, lo cual no cabía en absoluto en esta fórmula en la que solo había espacio para el volante, la comida y el sueño. Me fui teniendo que oír reproches que insinuaban que, en realidad, yo no quería trabajar, y como premio final me robó los incentivos del último mes. Y esta es una historia que repite constantemente en un sector tan reivindicativo como el del taxi. Si, esos mismos que bloquean las carreteras en defensas de derechos que niegan y pisotean a sus propios empleados. Todos lo saben, nadie hace nada por solucionarlo. La ilegalidad como forma de negocio.
La otra vez que renuncié fue una corta aventura en el mundo comercial telefónico en el aguanté solo una semana. Por una parte fue por mi nulo instinto comercial, pero sobre todo por que los escrúpulos me impedían llevar a cabo una labor en la que sentía que cada llamada que realizaba era para engañar alguien para beneficio de una poderosa empresa. Con una sonrisa pedí la cuenta y me fui. Esa semana me había parecido un año.
Por fin, obtuve un contrato indefinido este mismo año. ¡Indefinido! El primer contrato indefinido estos diez años. Bueno, así lo fue por increíble parezca, aun cuando esa indefinición durase dos meses. Despido inventado y a volver a empezar. Parece una broma, ¿verdad? Pues no, esta es la realidad en este país en pleno siglo XXI, en la próspera Europa de la que decimos ser parte. Se rien de nosotros. Después llegan las elecciones y se hace realidad el poderoso refrán gallego. "Mexan por nos e temos que decir que chove". Creo que no hace falta traducción. Pues eso.
El resto de experiencias han sido buenas, todas ellas, unas me gustaban más otras menos o poco, pero con mi edad es difícil escoger. Aquí una persona mayor de 35 o 40 años está en proceso de desguace para los empleadores, en términos generales. Todas acabadas por lo mismo: fin de temporada.
Y esa amarga sensación de ser tratado como mercancía barata es inevitable.
Todo tiene que ver, a mi parecer, con esa vieja mentalidad de que lo mejor es tener un empleo para toda la vida. Hayas estudiado o no, seas diestro en ciencias o en letras, no hay nada mejor que un empleo para siempre en donde ahogues tus ansias por alcanzar un sueño que, muchas veces, no has querido ni llegar a soñar, vendiendo así tus ilusiones de hacer lo que verdaderamente te gusta o amas a cambio de un sustento seguro que, quizás, no lo sea tanto como a mi me sucedió.
De estos diez años de frustrante lucha me quedo con lo mejor, que ha sido descubrir que soy mucho más capaz y mucho más fuerte de lo que me creía durante esas tres décadas de estabilidad. Y si he de lamentar algo, sin duda, es que ese despido no hubiera llegado diez o quince años antes. Si supiera entonces lo que hoy sé estoy seguro que hubiera sido yo el que me dirigiera a la puerta de salida. Faltaba coraje y más confianza en uno mismo.
He aprendido más sobre mi y sobre la vida y el mundo en general en esta última década en los cuarenta años precedentes. He conocido lugares y, sobre todo, personas increíbles, tengo amigos en los cinco continentes a los que me encantaría, sin duda, volver a ver y abrazar, aquí o allá.
Si algo me ha ayudado a enriquecerme profesionalmente ha sido un despido arbitrario e injusto, que truncó una vocación, pero que me dio lugar a descubrir que el mundo es mucho más grande y hermoso si te atreves a soltar las manos de la barra que te ata al suelo, y volar. Quizás más incómodo, seguro que si, pero infinitamente más hermoso y enriquecedor.