Es este, sin duda, y no se exactamente por qué, uno de los momentos que mejor recuerdo de mi infancia.
Debió ser el aspecto bien surtido de la estantería de alimentos lo que me llenó de euforia, de un sentimiento de satisfacción al ver ante mi tantas cosas que me gustaban, tantas que me alimentaban a diario, que me giré hacia mi madre que estaba allí haciendo no se qué e hizo que le preguntara espontáneamente:
- Mamá, ¿nosotros somos ricos, verdad?
- Me miró inmediatamente con una hermosa sonrisa, y al ver mis ojos abiertos y felices mirándola expectante por su respuesta, explotó en carcajadas que aún hoy llenan mi alma de alegría y agradecimiento por lo que ella y mi padre lograron para el niño que fui.
Crecí en una familia en la que mi madre era la ama de casa en toda la extensión de la palabra, mi padre trabajaba como administrador en un periódico local y compartía por entonces la vida con tres hermanas, una de ellas, menor que yo.
En comparación con el entorno y analizado en la distancia con los ojos de un adulto estábamos lejos, muy lejos de poder ser considerados como ricos, pero eso si, nunca eché en falta nada que me separara de un auténtico sentimiento de riqueza, de felicidad. Me sentía querido, tenía ropa cómoda que vestir y romper con facilidad, me divertía jugando en casa con mi hermanita pequeña y en la calle y en el cole con mis muchos amigos.
Mi madre me daba rica comida que me gustaba comer. Mi padre me daba cariño, procuraba siempre enseñarme cosas de la vida, me inculcó principios tanto de palabra como por su ejemplo y me ayudaba a vivir experiencias.
Corrían los finales de los 60 y la experiencia más tecnológica la recuerdo sin demasiado entusiasmo, cuando Papá nos reunió ante una vieja televisión de blanco y negro, en la que yo era el mando a distancia, para ver unas difusas imágenes de unos hombres raros que, decían, habían llegado a la luna. Tan grande acontecimiento anunciado por mi padre me importó un pito, mi planeta feliz era ese que pisaba cada día al despertarme.
Me importaba mucho más jugar con mi hermana, a peleas a poder ser, aunque a ella le molestara mucho, salir a la calle a jugar con mis amigos a hacer el burro y de vez en cuando llegar a casa con heridas sangrantes que mi madre me curaba con desesperación y a veces con aburrimiento. Mis toscos sistemas de juegos callejeros en lo que las raspaduras, pedradas y cortes eran bastante comunes aderezos de mis entretenimientos infantiles entre los que, de vez en cuando, no faltaban alguna pelea con esos queridos amigos con los que era tan fácil perdonar y pasar del tortazo al abrazo en instantes.
Curiosamente la vida me trajo a vivir a ese mismo barrio del que había salido décadas atrás. La cantera en la que jugaba peligrosamente a pedradas ya no existe, ahora hay un enorme edificio de piedra en su lugar. Ya no hay descampados, ya no se ven niños jugando, resulta mucho más difícil oír y sentir la felicidad que entonces se percibía con facilidad al caminar estas mismas calles.
Hoy, mis alacenas son más grandes y no parecen rebosar como entonces a pesar de contener mucha más variedad y mucha más cantidad. Hoy se diseñan las alacenas para que sintamos que nunca se pueden llenar, para que nunca dejemos de comprar, para que la satisfacción nunca detenga nuestra ansia por adquirir más y más.
Hoy se hacen las calles en las que no hay sitio para que los niños bajen solos y jueguen y se arañen y se peleen para que sus mamás al llegar a casa a la hora de la cena, le pongan un par tiritas al mismo tiempo que le tiran de las orejas mientras le gritan: ¡me matas a sustos!
Hoy se hacen las teles enormes para que parezca más pequeño todo lo que nos rodea. Parecen diseñarse los noticieros para distraernos de tantas cosas grandes, buenas y hermosas que nos rodean. Parece que no esté bien sentirse rico teniendo mucho menos que los multimillonarios de yate y avión privado. No soportan que seamos felices encontrando un para de onzas de chocolate en nuestra pequeña alacena para irnos felices a dormir cada noche.
Con el discurrir de los años, con la madurez instalada en mi vida, tengo la inmensa fortuna de sentir que le podría preguntar a mi madre de nuevo si soy rico. Y no lo haría por tener mucho chocolate almacenado, ni por tener un coche mucho mayor que el que mi padre tenía, ni por tener una casa más grande ni una tele enorme, a todo color, con un verdadero mando a distancia. No, ahora le podría contestar a mi madre esa misma pregunta hecha hace casi 50 años.
Si, mamá, si que soy rico. Muchas gracias por enseñarme que la felicidad no la proporciona la despensa llena, sino un corazón colmado de lo auténticamente necesario: todo eso que mi madre, mi padre, mis hermanas y mis amigos me daban entonces.
Hoy mi compañera, mis hijos y mis amigos siguen proporcionándome razones para mirar al cielo y decir:
- si, mamá, si que éramos ricos. Y lo sigo siendo.


Que bello relato, si es que era única, siempre mantenia a la familia única, algo muy difícil de ver en estos tiempos.
ResponderEliminarsi, así es. Gracias Sofía!!!
ResponderEliminarGracias mi fiel amigo...eres un crack de las letras
ResponderEliminarQué Feliz y "orgullosa"está tu madre por tener un hijo con un corazón grande y noble...te quiero
uffff, gracias!!!
ResponderEliminarAlgún día escribirás un libro 😘😘
ResponderEliminarme encantaría
EliminarTan bellas y ciertas palabras!! gracias por compartir...
ResponderEliminarmuchas gracias, un placer
ResponderEliminar¡Bonito recuerdo y gran reflexión! Llenemos el corazón de aquello que nos hace ricos de verdad.
ResponderEliminarGracias por compartir, Fuco.
gracias, amigo!!!
ResponderEliminarHermosa reflexión y poesía en tu relato... profundo contraste entre la sociedad de ayer y hoy...
ResponderEliminarHacen válidas las preguntas de T.S. Eliot:
¿Dónde está la vida que hemos perdido en vivir?
¿Dónde está la sabiduría que hemos perdido en conocimiento?
¿Dónde el conocimiento que hemos perdido en información?
...
Gracias por compartir
ciertamente. Muchas gracias
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