viernes, 11 de marzo de 2022

ABUELOS (aitites)

Ahora que estoy luchando por superar mi larga adicción a los dulces, a las chucherías, a las grasas y al azúcar en general llegan estos dos. 

El mejor placebo que llene mi ansia de tanta dulcería. Cambiar la gominolas por las tiernas babas de estos dos locos bajitos me está ayudando sobre manera a superar mi reto titánico contra las "larpeiradas" y las comidas fáciles. 

Sus manitos en mi rostro son el mejor electroshok para tanta convulsión provocada por la abstinencia de azúcares en mis venas. No son sangre de mi sangre, pero sin duda se han convertido en el corazón de mi corazón. Cosa curiosa. 


Había leído mucho sobre la "abuelidad", sin duda me ilusionaba, pero disfrutarla es una de las cosas más deliciosas que tengo en mi vida. 

Han llegado a mi por caminos que jamás habría podido sospechar y han rebosado mi alma de manera impensable. Esa sensación sublime de ser padre, de ser el causante de una vida, que en si misma es una idea no del todo comprensible, se torna aún más misteriosa cuando tomas en tus manos a un ser diminuto que proyecta una sombra de felicidad inmensa que parece llenarlo todo. 

Yo que soy más gallego que el pulpo á feira pues resulta que ahora me llaman "Aitite" ya que la tradición familiar de la abuela lo impregna así. Ahora además ella les enseña a los dos a llamarme "Aitite Pacucho" que es sin duda el título más tierno que jamás pude imaginar. Se aúnan en esas do palabra lo más dulce de las tradiciones familiares del abuelo y la abuela, del aitite y la amama. 

En este hogar ya nos volvemos a tropezar con juguetes en el pasillo o podemos encontrar chupetes en la nevera. Los pequeños han revolucionado con sus gritos, risas, llantos y carreras este hogar que había estado en estado casi de letargo por el período de nido vacío y por las penurias de la emigración forzada. Gracias a ellos hemos vuelto a disfrutar de una feliz navidad a pesar de loso pesares, a pesar de las ausencias, nuestros nietos lo llenan todo de alegría genuina.

Estos locos bajitos me han retirado, sin saberlo, mi visado para emigrar nunca más. Y ahora como buen abuelo cuando nos llegan torcidas las cosas, me empeño en el "¡malo será!".

Tienen ahora dos añitos, ya cerca de los tres, esta edad tan maravillosa como impredecible. Nos regalan con sus ojitos llenos de vida y curiosidad las ganas de volver a descubrir con ellos, nos hacen olvidar las ciáticas y la falta de aceite en las articulaciones y ahí nos vemos en el suelo tirados con ellos encima, al lado, por todas partes y añorando el clímax súmmum de la hora de su siesta. De poder tenerlos en nuestros brazos con los ojos cerraditos. ¡Qué paz! 

Momento este perfecto para ensoñarnos a su lado pensando en lo que como padre pude haber hecho y no hice. Y se me agolpan en mi mente mil razones para pedir perdón a mis propios hijos por no haber hecho mejor mi trabajo de padre. Y de vez en cuando, claro, una sonrisa que me abraza cálidamente la memoria al traer momentos semejantes vividos como papá.

Son pues también esa maravillosa segunda oportunidad que nos da la vida de centrarnos en lo esencial por encima de lo importante. De gozar la vida por vivir antes de las luchas por sobrevivir.  De disfrutar con calma una vez que aprendimos, por fin, que las prisas no eran buenas, tal como nos enseñaban nuestros propios abuelos. 

Los años nos quitan muchas cosas, pero nos dan muchas más y son los nietos ese lienzo que se nos presenta en blanco de nuevo para enderezar los trazos que en su momento no supimos dibujar con acierto, aunque si, siempre, con la mejor intención y con lo mejor que entonces teníamos a nuestro alcance. 

Me dejó perplejo el pequeñajo que al llegar a casa me espetó mientras me sacaba la chaqueta: 

- ¿qué tal el "tabajo", aitite?

Lo estrujé en mis brazos mientras disimulaba las lágrimas que irremediablemente me brotaron al recordar cuantos dulces saludos de este tipo he extrañado durante mi vida.  

- Pues el "tabajo" mejor que nunca "meu filliño".

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