sábado, 22 de julio de 2023

 VIEJAS AMIGAS

La pequeña solo tiene tres añitos, su abuela algunos más, pero comparten un mismo brillo en los ojos que les hace parecer amigas de toda la vida. 

Tal como compañeras de pupitre, como si se hubieran ayudado mutuamente a subirse a los cerezos en verano, como si hubiesen compartido las confidencias de sus primeros amores.

Caminan juntas como si sus pasos fuesen paralelos desde que ambas nacieron... o antes. 

Sus destinos son inseparables aunque los accidentes de la vida pretendan separarlas. 

Esta amistad viene de mucho más allá, va mucho más allá. 

Si no fuese así, no podrían mirarse del modo en que lo hacen. 



sábado, 8 de julio de 2023

¡A LAS REBAJAS!

Una tarde de verano, sin aviso previo, me vi arrastrado, inocente, a un paseo que sonaba cotidiano, pero aun feliz. Sin saberlo, tenía un destino desconocido, imprevisto, impredecible. Me llevaron, a traición, a unos grandes almacenes cuyo nombre no me atrevo a pronunciar, para hacer unas compras aprovechando la época de rebajas. 

Cuando ya de camino me enteré del inesperado e inquietante destino el nerviosismo me atenazó y no alcancé a exponer ninguna excusa aceptable para poder librarme de tan tenebrosa tarea. No había remedio. 

Me sentía como un preso judío en su camino al forzado exilio en la tenebrosa Babolonia. Ni el más mínimo atisbo de clemencia en mi "Navuconodosora" particular. Mi destino estaba definitivamente sentenciado.

La seguí resignado y cabizbajo hasta entrar en el oscuro edificio lleno de luces y carteles y escaleras mecánicas y dependientas maquilladas de pies a cabeza tal como puertas lacadas. Guardias de seguridad que te miran desafiantes como diciendo:  "te veo, desdichado, mantente en silencio y supéralo". 

Su mano era fría, su mirada indiferente.
Subimos un par de plantas, me limitaba a seguir los pasos de mi mujer que impertérrita y con una leve e inquietante sonrisa se dirigía a perpetrar la tarea que sibilinamente me había ocultado todo el día sin darme la oportunidad de poder pergeñar una estrategia de evasión que me pudiera evitar tamaña tortura. 

Segunda planta, sección de señoras. Ahí me dejó abandonado a mi suerte, le hizo un giño a la señorita del vestido floreado que, amable, pero distante, me cogió de su mano que se sentía fría, como su mirada, sin mostrar la más mínima calidez que pudiera ayudar a mitigar mi amarga experiencia.

Perdía por momentos de vista a mi carcelera, se movía con gran agilidad y sigilo entre los innumerables percheros repletos de vestidos de todos los colores imaginables.

Se cruzaban ante mi muchas mujeres, casi todas emparejadas con otra mujer, la mayoría parecían ser parejas de madre e hija, bueno más bien de madre y abuela. 

Pude ver, con el alivio absurdo de no sentirme el único desdichado, a algún marido que seguía con rostro inexpresivo a su correspondiente "Navuconodosora". Un fugaz y tímido cruce de miradas con el que nos solidarizábamos mutuamente en nuestras penurias en esas mazmorras de la segunda planta del "corte babilónico" en esa tarde de infausto recuerdo. 

Mi pálida acompañante apenas levantaba la mirada. Ni un gesto de consuelo en los interminables minutos durante los que mi esposa me dejó a su cargo mientras abordaba la incompresible tarea de encontrar su tesoro en forma de veraniego tejido colorido. Pensé que podría estar ella también sufriendo por el saldo mostrado en el cartelito. 29'99 € es un humillante precio para mujer de tan hermoso talle. Coincido con ella. Humillante. Ese razonamiento pareció que hacía su tacto más cálido. 

Pasaban lentos e interminables los minutos en este inhóspito paraje. Parecía este tormento no tener fin. 

De repente mi guardiana me abordó por la espalda sin previo aviso y me dijo. ¡Ven! Y he aquí, que yo fui. ¡Que remedio! No me quería quedar sin el premio prometido si era bueno. Un buen chocolate con churros. 

Me pidió que me quedara a la puerta de un probador. Me despedí con una mirada amable de mi discreta acompañante provisional. Seguí a mi "conyuja" hasta la cortinita tras la que se introdujo. Esperé un poquito más. 

¡Chssss, chssss! llamó mi atención para que entrara. ¿Cual te gusta más? Me dice. ¿Este o este? Pffffff. Pues no sé. A ti te sienta bien cualquiera de los dos, contesté indulgente, intentando ganarme su favor. 
¿Pero cual me queda mejor? ¡Uuuuuy! esa es una peligrosa pregunta trampa. Por supuesto le dije que los dos le quedaban de maravilla. -¿Pero cual te gusta más? ¿El verde o el azulado? Cerré los ojos, crucé los dedos tras mi espalda y dije sin pensar: ¡El verde!

Por supuesto, se compró el azulado. 

Lo importante es que no tardó demasiado en pagar y pudimos salir. Podía volver a respirar aire puro y ver de nuevo el azul cielo sobre mi cabeza. Feliz y aliviado decidí cambiar mi premio de churros por un agua mineral con gas, con hielo y limón. 

La apuré con ganas hasta el último sorbito. Hasta le di un bocado al limón que me supo más dulce que nunca después de tan amarga experiencia. 

martes, 20 de septiembre de 2022

UNA CARA SUCIA

 A medida que los años van pasando voy mejorando mi capacidad de observación. 

Mi carácter impaciente e impulsivo me ha privado durante mi vida de disfrutar de muchos momentos que se me escurrieron de las manos sin ser quien de detenerlos, manosearlos, disfrutarlos. Vivirlos, en definitiva. 

Esta nueva escuela en la que me han matriculado mi dos nietos me está recordando el valor de la observación no invasiva. Algo que siempre aprecié, pero que no demasiadas veces he puesto en práctica. Y no por que no tuviera oportunidades. Mi vida ha sido, felizmente,  rica de estos momentos y muchos, demasiados, sin duda,  los dejé pasar sin haberles sacado todo el jugo que me hubiese alimentado el alma en un grado que siempre se necesita en el progreso vital de toda persona. 

Esta vez el master lo impartieron los dos pequeñajos jugando en el huerto de su casa. Vaya por delante mis disculpas a los papás a los que, con seguridad, la escena no les habría hecho tanta gracia como a mi dado el estropicio en el huerto que se estaba perpetrando durante el desarrollo de esta escena.  

Estaban sentados en la tierra, divirtiéndose sacando tierra de aquí, llevándola para allá... Subiendo, bajando. Corriendo, saltando, riendo, llorando, sangrando, abrazando, empujando, besando. Todo esto en un divino desorden lo suficientemente caótico como para trasladar al silente mirón a un mundo ideal.  Ese en el que no conjugan algunos verbos que solo utilizan los adultos en sus tristes batallas cotidianas. En ese pequeño espacio todo era felicidad. 

Miraba embelesado como interactuaban comunicándose ya con fluidez y con graciosa torpeza. Ese tipo de conversaciones en la que es permitido y hasta recomendado, mezclar churras con merinas. Esas conversaciones maravillosas en las que se relaciona el tocino con la velocidad de un modo inconcebiblemente razonable. Pero solo si el adulto (en este caso, yo) permanece en silencio, sin intervenir. Se perdería la magia que permite dar sentido a lo que para nosotros, los "mayores", ya no tenemos capacidad de entender del todo. Simplemente nos hace gracia en nuestra ignorancia desprovista ya de la inocencia necesaria para descifrar los códigos que manejan estas personitas en sus comunicaciones. 

Cuando vi la fotos que había robado de estos momentos me trasladé a unos tímidos recuerdos de mi infancia y solo cuanto estuve lo suficientemente imbuido en esos pensamientos recordé de mi propia niñez. 

Recordé, incluso, los momentos vividos con mis hijos que me confirmaban la certeza de la ecuación por la cual se desprende que la cantidad de porquería en las manos, en la cara, en las piernas, es directamente proporcional a la felicidad vivida.  

A veces nos empeñamos excesivamente en la pulcritud en el ámbito incorrecto. Nos empeñamos en ser pulcros en la apariencia y no tanto en la esencia. 

Ellos no. Se divierten sin preocuparse de las manchas, de los lamparones, de las uñas-mejillón, de las raspaduras, de las prisas, de las previsiones. 

Ellos no. Ellos juegan. 

¿No deberíamos acaso nosotros jugar, sin más? Ahora lo hacemos preocupados por ganar. O quizás con la única motivación de entrar en un pantalón en el que ya el botón y el ojal de la cintura se han divorciado definitivamente. 

Ellos no, ellos simplemente juegan. 

Se ensucian al mismo ritmo que lustran su alma y nos recuerdan como un día nuestro yo más íntimo estaba así de limpio. Con lamparones, raspaduras, chorros de porquería recorriendo nuestras piernas, uñas de luto. Y con el alma más limpia que nunca antes y, lamentablemente, jamás después. 




domingo, 19 de junio de 2022

JUNGLA LABORAL

Cumpliré durante el presente diez años desde que perdí mi empleo de toda la vida, súbitamente, sin ninguna razón real que lo justificara si exceptuamos la argumentada por la empresa de una necesidad económica amparada en ¡oh casualidad! nuevas leyes que nos dejaban más desprotegidos a los trabajadores, y lo que es más peligroso y finalmente en mi caso, letal, ante la arbitrariedad de un empresario, que como buen hombre de negocios español, la meritocracia y la justicia carecen de valor a considerar. En estos lares es mucho más importante el ser amigo de, o ser diestro en el arte del peloteo y del quedar bien con el codo apoyado en un barra de bar. Yo nunca fui muy bueno esto último y me ha costado muy caro, sin duda. 

Durante esta década de tránsito por la jungla laboral a la que me vi abocado he tenido aventuras laborales en cinco países distintos. Todas distintas, todas singulares, unas más duras que otras. Pero, eso si, todas enriquecedoras en diversos sentidos. 

Parte de mi rico legado de amistades en mi tránsito laboral en Reino Unido y Países Bajos. 

Si hay una línea clara y notoria de división es la diferencia que percibí a la hora de trabajar en mi propia tierra y hacerlo en el extranjero. No cabe la menor duda. Por mucho que me apene. En Reino Unido, Alemania o Países Bajos los empleadores valoran tu capacidad para afrontar con solvencia las tareas para las que te han contratado, nunca me he sentido prejuzgado por mi nacionalidad, raza, edad, género, religión o posición política. En mis años de trabajo en el extranjero nunca se me ha juzgado por otra cosa que no fuera mi desempeño profesional, ni siquiera fueron determinantes las titulaciones que uno posea previamente. He de decir que no me fue nada mal profesionalmente. Pude trabajar a pesar de mi edad y de la barrera del idioma. Ninguna de estas dos circunstancias me impidieron hacerlo exitosamente, lo cual me llevó siempre a un reconocimiento en forma de promoción profesional y de sentirme apreciado cuando, al dejar una empresa, se me pedían explicaciones del por qué y se me daban alternativas e incentivos para reconsiderar mi decisión de marcharme. Nunca me despidieron de ninguna empresa, siempre fue una decisión propia basada en mejora profesional o cuestiones relacionadas a la adaptación a las circunstancias personales que tienen que ver con la vida diaria en un país que no es el mío y, sobre todo, por estar lejos de los míos.  

Es bien distinta mi experiencia laboral en España, más concretamente en A Coruña, de donde soy nativo y en donde he pasado casi toda mi vida. 

Como resumen, estos últimos 12 meses en los que he tenido 8 contratos distintos en duración, garantías y horarios. Ninguna de esas condiciones estaban ligadas a mi rendimiento. Podría decir que el premio era el mismo si mi desempeño fuera óptimo, como si lo hubiera sido deficiente. Por si fuera poco, la hacienda pública penalizará mi inestabilidad y me hará pagar más impuestos por tener distintos pagadores, como si eso fuera un "lujo" por mi escogido. 

En estos últimos años he renunciado dos veces voluntariamente a un puesto de trabajo. La primera vez era debido a que el "empresario" esperaba que dedicara alrededor de 80 horas semanales a su negocio, justificando el exceso en un sobresueldo generoso, según él, claro. Llegué a la conclusión de que ganaba alrededor de 2 euros la hora. Aguanté tres meses. Alcancé cada mes el mínimo exigido de facturación, pero no acepté nunca el horario señalado. Este hombre de negocios, por llamarlo de algún modo, obviaba la necesidad que una persona tiene de vida propia, ocio y contacto familiar o social, lo cual no cabía en absoluto en esta fórmula en la que solo había espacio para el volante, la comida y el sueño. Me fui teniendo que oír reproches que insinuaban que, en realidad, yo no quería trabajar,  y como premio final me robó los incentivos del último mes. Y esta es una historia que repite constantemente en un sector tan reivindicativo como el del taxi. Si, esos mismos que bloquean las carreteras en defensas de derechos que niegan y pisotean a sus propios empleados. Todos lo saben, nadie hace nada por solucionarlo. La ilegalidad como forma de negocio. 

La otra vez que renuncié fue una corta aventura en el mundo comercial telefónico en el aguanté solo una semana. Por una parte fue por mi nulo instinto comercial, pero sobre todo por que los escrúpulos me impedían llevar a cabo una labor en la que sentía que cada llamada que realizaba era para engañar alguien para beneficio de una poderosa empresa. Con una sonrisa pedí la cuenta y me fui. Esa semana me había parecido un año. 

Por fin, obtuve un contrato indefinido este mismo año. ¡Indefinido! El primer contrato indefinido estos diez años. Bueno, así lo fue por increíble parezca, aun cuando esa indefinición durase dos meses. Despido inventado y a volver a empezar. Parece una broma, ¿verdad? Pues no, esta es la realidad en este país en pleno siglo XXI, en la próspera Europa de la que decimos ser parte. Se rien de nosotros. Después llegan las elecciones y se hace realidad el poderoso refrán gallego. "Mexan por nos e temos que decir que chove". Creo que no hace falta traducción. Pues eso. 

El resto de experiencias han sido buenas, todas ellas, unas me gustaban más otras menos o poco, pero con mi edad es difícil escoger. Aquí una persona mayor de 35 o 40 años está en proceso de desguace para los empleadores, en términos generales. Todas acabadas por lo mismo: fin de temporada. 

Y esa amarga sensación de ser tratado como mercancía barata es inevitable. 

Todo tiene que ver, a mi parecer, con esa vieja mentalidad de que lo mejor es tener un empleo para toda la vida. Hayas estudiado o no, seas diestro en ciencias o en letras, no hay nada mejor que un empleo para siempre en donde ahogues tus ansias por alcanzar un sueño que, muchas veces, no has querido ni llegar a soñar, vendiendo así tus ilusiones de hacer lo que verdaderamente te gusta o amas  a cambio de un sustento seguro que, quizás, no lo sea tanto como a mi me sucedió.

De estos diez años de frustrante lucha me quedo con lo mejor, que ha sido descubrir que soy mucho más capaz y mucho más fuerte de lo que me creía durante esas tres décadas de estabilidad. Y si he de lamentar algo, sin duda, es que ese despido no hubiera llegado diez o quince años antes. Si supiera entonces lo que hoy sé estoy seguro que hubiera sido yo el que me dirigiera a la puerta de salida. Faltaba coraje y más confianza en uno mismo.  

He aprendido más sobre mi y sobre la vida y el mundo en general en esta última década en los cuarenta años precedentes. He conocido lugares y, sobre todo, personas increíbles, tengo amigos en los cinco continentes a los que me encantaría, sin duda, volver a ver y abrazar,  aquí o allá. 

Si algo me ha ayudado a enriquecerme profesionalmente ha sido un despido arbitrario e injusto, que truncó una vocación, pero que me dio lugar a descubrir que el mundo es mucho más grande y hermoso si te atreves a soltar las manos de la barra que te ata al suelo, y volar. Quizás más incómodo, seguro que si, pero infinitamente más hermoso y enriquecedor.  



domingo, 15 de mayo de 2022

¡PORQUE SÍ!

Jugaba con mi nieto en el campo, un muchachito muy inquieto y vivo que va a cumplir pronto tres añitos. Siempre quiere participar cuando estamos haciendo alguna tarea, es curioso y tiene una sonrisa que me cautiva.

Me ayudaba a limpiar un enorme barreño y espontáneamente le dije que le quería mucho y le pregunté si él me quería a mi y rápidamente mirándome con sus enormes ojos me dijo que sí. Le pregunté que por qué me quería y sin levantar la mirada de la faena me contestó rápida y categóricamente: - ¡Porque sí!


No es que el rapaz meditara mucho la respuesta, incluso, para ser honesto,  diría que sonó a: !pero qué pesado eres, abuelo! ¿qué pregunta es esa? ¡Calla y sigue jugando conmigo!

Seguí sus instrucciones implícitas y nos divertimos compartiendo tareas juntos. 

No obstante no dejé de pensar en su espontáneo "porque sí". Y es que creo que en realidad cuando uno llega a querer de verdad, efectivamente, lo acaba haciendo porque sí. 

A unos los queremos por que los conocemos desde que nacemos, a otros los amamos como si hubiesen nacido con nosotros. Y a todos los que queremos de verdad, en realidad, los continuamos amando por la misma razón: Porque sí.

¿Se puede querer acaso con autenticidad si no se hace incondicionalmente? Yo creo que no. 

A las personas a las que quiero siempre en mi vida, a las que amo de verdad, llegado ese punto se les quiere por encima de cualquier atributo o requisito. No importa si no piensan como yo, no importa si no compartimos nuestras creencias, ideales, gustos, aficiones o si nos es conveniente o no estar unidos por ese lazo afectivo que nos enriquece mutuamente. Si el afecto es puro. Todo se supera. 

Tengo la fortuna de poder contar entre las personas a las que considero amigos, y por lo tanto, en gran medida amados, a una gran variedad de colores de caracteres, razas, ideologías y sensibilidades. 

Un famoso estudio realizado por el antropólogo Robin I. M. Dunbar dice, entre otras cosas, que los amigos verdaderos son abundante fuente de beneficios, aun más, afirma que son más provechosos que  una buena dieta u otros hábitos saludables. A mi parecer y por mi propia experiencia personal, así es. Pocas cosas más estimulantes que un abrazo sincero de alguien querido. Nada más estimulante que sentir el afecto desinteresado de un amigo. Pocas cosas más reconfortantes que recibir un abrazo sincero porque sí.

Pero cuando intento analizar las razones de por que este o el otro son personas tan importantes en mi vida puedo enumerar muchas razones por las que quiero a ese amigo o amiga cerca de mi, pero por encima de todas ellas, la que al final demuestra que se han convertido en fundamentales para ti es cuando concluyo que por encima de todo ya uno les quiere PORQUE SÍ. 




 

domingo, 17 de abril de 2022

UNA PRIMAVERA MÁS Y AHÍ ESTÁ ÉL.

 

Hoy, sin apenas habérmelo propuesto, he visto a un viejo amigo. Una de esos encuentros inesperados que, quizás, por no buscados, nos saben mejor. La sorpresa es un ingrediente que casi siempre endulza aun más los regalos que recibimos. O eso me parece a mi. 

Estas fotos las tomé hoy mismo en mi "casa" sin techo. 

Se trata de un viejísimo peral (me encantaría saber su edad, pero coqueto, él, o ella, no me la  acaba de confesar). Está en mi "casa" desde bastante antes de que yo llegara, en la puerta me recibe siempre con su porte elegante aunque a veces me parece triste. 

He de confesar que en más de una ocasión he pensado en eutanasiarlo, pero siempre ha habido algo dentro de mi que me lo ha impedido, que me decía que no. Temía que me cayera encima en el momento menos esperado. Pero lo respeté. 

Tiene un montón de heridas en su piel, muy profundas, que permiten ver sus entrañas ya ciertamente resecas que me hacían creer que su ciclo vital estaba ya finalizado. Su porte no es muy impresionante, sin duda, le cuesta mucho hacer crecer sus ramas. Pero ahí sigue, en pie. 

Descubrí con el tiempo que  esas grietas profundas de su tronco se habían convertido en el hogar de otras criaturas como este lagarto azul, algunos ratoncillos, arañas y ve tu a saber quien más.  

No podía dejar sin hogar a estas criaturas. No podía expulsar  de mi hogar al fiel guardian que me recibe resquebrajado pero regio a la entrada de mi hogar, ese cuyo techo se repinta nuevo cada día. 

¿No soy acaso, en muchos sentidos,  como este anciano peral? Me caigo,  me levanto. Me hieren, me curo. Y si hago mi parte la vida me da una oportunidad más, aun maltrecho, de seguir adelante, de una floración más para el disfrute del que quiera formar parte de mi historia. Logro en alguna manera seguir  albergando vida, alimentando los néctares de colmenas que ni conozco. En la flor de mi vida, al fin y al cabo, yo también he sido quien de dar buenos frutos. 

Felizmente no me han talado, todavía. 

A pesar de mi ignorancia, se me regala, como cada primavera, este regalo para mis ojos, para todos mis sentidos en verdad, haciéndome sentir un tanto miserable por haber considerado alguna vez su sentencia de muerte. 

De manos ajadas por el tiempo han nacido sinfonías, novelas, acuarelas, poemas, esculturas y otras obras eternas que han llenado de color y sentido la historia de la humanidad y hacen que cada día tengamos la fuerza de navegar las aguas de nuestras vidas en este mundo a pesar de tener que esquivar océanos gravemente contaminados por la necedad y la ambición desmedidas. 

Pero hoy mi viejo amigo, el peral, me ha dado otra lección de vida. Me ha regalado, a pesar de mi insignificancia,  con el brote de sus flores, una primavera más, la esperanza de que lo mejor está por llegar. 





sábado, 2 de abril de 2022

MAMÁ, ¿SOMOS RICOS?

Es este, sin duda, y no se exactamente por qué, uno de los momentos que mejor recuerdo de mi infancia. 

Yan ha pasado casi medio siglo desde que hice esa pregunta inocente y completamente sincera a mi madre mientras rebuscaba subido en la encimera de la vieja cocina en una alacena de mi casa algún dulce que podría haber sido o unas galletas "maría" o un par de onzas de chocolate "dolca", ese de un envoltorio que era, recuerdo,  de color marrón y amarillo.


Debió ser el aspecto bien surtido de la estantería de alimentos lo que me llenó de euforia, de un sentimiento de satisfacción al ver ante mi tantas cosas que me gustaban, tantas que me alimentaban a diario, que me giré hacia mi madre que estaba allí haciendo no se qué e hizo que le preguntara espontáneamente: 

- Mamá, ¿nosotros somos ricos, verdad?

- Me miró inmediatamente con una hermosa sonrisa, y al ver mis ojos abiertos y felices mirándola expectante por su respuesta, explotó en carcajadas que aún hoy llenan mi alma de alegría y agradecimiento por lo que ella y mi padre lograron para el niño que fui.

Crecí en una familia en la que mi madre era la ama de casa en toda la extensión de la palabra, mi padre trabajaba como administrador en un periódico local y compartía por entonces la vida con tres hermanas, una de ellas,  menor que yo. 

En comparación con el entorno y analizado en la distancia con los ojos de un adulto estábamos lejos, muy lejos de poder ser considerados como ricos, pero eso si, nunca eché en falta nada que me separara de un auténtico sentimiento de riqueza, de felicidad. Me sentía querido, tenía ropa cómoda que vestir y romper con facilidad, me divertía jugando en casa con mi hermanita pequeña y en la calle y en el cole con mis muchos amigos. 

Mi madre me daba rica comida que me gustaba comer. Mi padre me daba cariño, procuraba siempre enseñarme cosas de la vida, me inculcó principios tanto de palabra como por su ejemplo y me ayudaba a vivir experiencias. 

Corrían los finales de los 60 y la experiencia más tecnológica la recuerdo sin demasiado entusiasmo, cuando Papá nos reunió ante una vieja televisión de blanco y negro, en la que yo era el mando a distancia,  para ver unas difusas imágenes de unos hombres raros que,  decían, habían llegado a la luna. Tan grande acontecimiento anunciado por mi padre me importó un pito, mi planeta feliz era ese que pisaba cada día al despertarme. 

Me importaba mucho más jugar con mi hermana, a peleas a poder ser, aunque a ella le molestara mucho, salir a la calle a jugar con mis amigos a hacer el burro y de vez en cuando llegar a casa con heridas sangrantes que mi madre me curaba con desesperación y a veces con aburrimiento. Mis toscos sistemas de juegos callejeros en lo que las raspaduras, pedradas y cortes eran bastante comunes aderezos de mis entretenimientos infantiles entre los que, de vez en cuando, no faltaban alguna pelea con esos queridos amigos con los que era tan fácil perdonar y pasar del tortazo al abrazo en instantes. 

Curiosamente la vida me trajo a vivir a ese mismo barrio del que había salido décadas atrás. La cantera en la que jugaba peligrosamente a pedradas ya no existe, ahora hay un enorme edificio de piedra en su lugar. Ya no hay descampados, ya no se ven niños jugando, resulta mucho más difícil oír y sentir la felicidad que entonces se percibía con facilidad al caminar estas mismas calles. 

Hoy, mis alacenas son más grandes y no parecen rebosar como entonces a pesar de contener mucha más variedad y mucha más cantidad. Hoy se diseñan las alacenas para que sintamos que nunca se pueden llenar, para que nunca dejemos de comprar, para que la satisfacción nunca detenga nuestra ansia por adquirir más y más. 

Hoy se hacen las calles en las que no hay sitio para que los niños bajen solos y jueguen y se arañen y se peleen para que sus mamás al llegar a casa a la hora de la cena, le pongan un par tiritas al mismo tiempo que le tiran de las orejas mientras le gritan: ¡me matas a sustos!

Hoy se hacen las teles enormes para que parezca más pequeño todo lo que nos rodea. Parecen diseñarse los noticieros  para distraernos de tantas cosas grandes, buenas y hermosas que nos rodean. Parece que no esté bien sentirse rico teniendo mucho menos que los multimillonarios de yate y avión privado.  No soportan que seamos felices encontrando un para de onzas de chocolate en nuestra pequeña alacena para irnos felices a dormir cada noche. 

Con el discurrir de los años, con la madurez instalada en mi vida, tengo  la inmensa fortuna de sentir que le podría preguntar a mi madre de nuevo si soy rico. Y no lo haría por tener mucho chocolate almacenado, ni por tener un coche mucho mayor que el que mi padre tenía, ni por tener una casa más grande ni una tele enorme, a todo color, con un verdadero mando a distancia. No, ahora le podría contestar a mi madre esa misma pregunta hecha hace casi 50 años. 

Si, mamá, si que soy rico. Muchas gracias por enseñarme que la felicidad no la proporciona la despensa llena, sino un corazón colmado de lo auténticamente necesario: todo eso que mi madre, mi padre, mis hermanas y mis amigos me daban entonces. 

Hoy mi compañera, mis hijos y mis amigos siguen proporcionándome razones para mirar al cielo y decir: 

- si, mamá, si que éramos ricos. Y lo sigo siendo.