Buscando entre los trastos encontré hace un tiempo este viejo martillo de zapatero. Tiene esta herramienta, sin
duda, más de un siglo de antigüedad, pertenecía a mi abuelo materno, Andrés.
Andrés era un zapatero remendón, nacido en Iria Flavia. Bondadoso, pero con un genio de mil demonios.
No lo conocí lo suficiente, la arrolladora bondad y simpatía de su esposa, mi abuela Carmen, lo dejaba segundo plano ante sus nietos. Nunca hablaba mucho y yo, tristemente, tampoco le pregunté. De hecho, supe más de él tras su
fallecimiento que en vida.
Empuñe con fuerza ese mango de tosca madera que también sostuvo mi
querido abuelo Andrés durante infinitas horas en un pequeño taller de zapatería en
la calle San Agustín, al lado de la plaza de María Pita, en mi añorada A Coruña.
Me imaginé mientras lo sujetaba, los sudores de este buen
hombre reparando zapatos y más zapatos para sacar adelante a su familia. Sus
sufrimientos. Sus frustraciones. Pero sobre todo me quise imaginar cuales
habrían sido sus sueños, por los cuales nunca le llegué a preguntar a ninguno
de mis abuelos, lo cual lamento profundamente hoy.
Todos deberíamos preguntar alguna a nuestros abuelos, a nuestros padres, cuales son sus sueños. Quizás repararíamos a tiempo en que algunos de esos sueños quizás estén en nuestras manos poderlos hacer realidad.
Al abuelo Andrés le sorprendió el golpe de estado que acabo
en una sangrienta y cruel guerra civil en nuestro país, siendo padre de dos
niñas pequeñas. Tras el final de esta guerra fue detenido por un miserable chivatazo que le acusaba de ser “comunista”.
Sin más. Fue encarcelado, y como muchos otros, candidato a ser pasado por las
armas en el Campo da Rata, o en cualquier infame cuneta.
Si, así fue, como mi abuela me lo contó en muchas ocasiones. El
paso del tiempo no pudo nunca hacer sacudir lo suficiente tan brutal susto, tan
incompresible atropello, tan triste injusticia. No era el zapatero un
activista, ni un guerrillero, ni, mucho menos, un terrorista. Era simplemente
un hombre con un pensamiento libre, que creía en la justicia social y en
el bien común. No era un hombre, peligroso, pobre de él. Su único delito en esa oscura época era no pensar como los que
mandaban querían que pensara. No era adicto. Ni al alcohol, ni al tabaco, ni
al régimen. Los dos primeros vicios eran optativos, pero el tercero era de
consumo obligatorio. El era abstemio y eso casi le costó la vida.
Lo llevaron a la cárcel, lo encerraron, pensando, imbéciles,
que matarían sus ideas. Sólo consiguieron que las escondiera en su mente.
Imagínense a mi pobre abuela, una madre desesperada que
acudió a todos cuantos estamentos podría alcanzar para pedir, ya no una
justicia prácticamente inexistente en esos convulsos tiempos, sino clemencia.
Ninguno de sus requerimientos tenía el más mínimo efecto ante los organismos responsables
de la detención de Andrés.
Encontró Carmen atención en su cura párroco que, buen
conocedor del sistema represor y de sus ejecutores en esa ciudad, supo llegar a
convencer a alguien de que Andrés no era peligroso y logró sacarlo de la cárcel
tras la noche en la que escondido bajo la manta de otro recluso, esquivó la
fatal suerte de ser uno de los escogidos para el mortal paseo.
No es este un relato político, no quiero que lo sea. No es
mi intención. De mi abuelo Andrés solo recuerdo el martillo, que no la hoz. No
hablo tampoco ni de yugos ni de flechas. Ni de rojos ni azules.
Mi abuelo Andrés (Iria Flavia 1904- A Coruña 1991)
Solo quiero recordar a mi abuelo Andrés, el zapatero
remendón de la calle San Agustín, que en sus postreros delirios gritaba desde
la ventana de la casa de mi madre a la calle, ¡¡¡¡LIBERTAD!!!! con el puño cerrado,
los dientes apretados y lágrimas corriendo por sus arrugadas mejillas. Sus
ideas salieron de su escondite azuzadas por la demencia senil que nos lo arrebató durante los últimos años de su vida.
Curioso era que este ateo convencido, cuando veía a un hombre con sotana pasear por la calle, le gritaba pidiéndole ayuda desde esa ventana en la que pasó sus últimos años. Más de un cura se presentó en la puerta de nuestra casa acudiendo a los gritos de socorro del abuelo, sin duda, con el agradecimiento inconsciente hacia esa sotana que décadas atrás le permitió lo que la intolerancia quiso arrebatarle: ver crecer crecer a sus dos hijas.
Mis ojos no entendían lo que le pasaba a mi
abuelo. Ahora, viendo algunas cosas que veo en las noticias, y palpo en la sociedad en la que vivo, con tanto
odio e intolerancia desatados, lo comprendo mejor. Entiendo la rabia que le sobrevino en
sus últimos años de vida, seguramente como consecuencia de tener que sufrir tantos años con miedo y callado. Hasta que la demencia liberó, ya definitivamente, su mente en donde vivió agazapada el ansia de una libertad que solo pudo vivir a medias.