¡A LAS REBAJAS!
Una tarde de verano, sin aviso previo, me vi arrastrado, inocente, a un paseo que sonaba cotidiano, pero aun feliz. Sin saberlo, tenía un destino desconocido, imprevisto, impredecible. Me llevaron, a traición, a unos grandes almacenes cuyo nombre no me atrevo a pronunciar, para hacer unas compras aprovechando la época de rebajas.
Cuando ya de camino me enteré del inesperado e inquietante destino el nerviosismo me atenazó y no alcancé a exponer ninguna excusa aceptable para poder librarme de tan tenebrosa tarea. No había remedio.
Me sentía como un preso judío en su camino al forzado exilio en la tenebrosa Babolonia. Ni el más mínimo atisbo de clemencia en mi "Navuconodosora" particular. Mi destino estaba definitivamente sentenciado.
La seguí resignado y cabizbajo hasta entrar en el oscuro edificio lleno de luces y carteles y escaleras mecánicas y dependientas maquilladas de pies a cabeza tal como puertas lacadas. Guardias de seguridad que te miran desafiantes como diciendo: "te veo, desdichado, mantente en silencio y supéralo".
Subimos un par de plantas, me limitaba a seguir los pasos de mi mujer que impertérrita y con una leve e inquietante sonrisa se dirigía a perpetrar la tarea que sibilinamente me había ocultado todo el día sin darme la oportunidad de poder pergeñar una estrategia de evasión que me pudiera evitar tamaña tortura.
Segunda planta, sección de señoras. Ahí me dejó abandonado a mi suerte, le hizo un giño a la señorita del vestido floreado que, amable, pero distante, me cogió de su mano que se sentía fría, como su mirada, sin mostrar la más mínima calidez que pudiera ayudar a mitigar mi amarga experiencia.
Perdía por momentos de vista a mi carcelera, se movía con gran agilidad y sigilo entre los innumerables percheros repletos de vestidos de todos los colores imaginables.
Se cruzaban ante mi muchas mujeres, casi todas emparejadas con otra mujer, la mayoría parecían ser parejas de madre e hija, bueno más bien de madre y abuela.
Pude ver, con el alivio absurdo de no sentirme el único desdichado, a algún marido que seguía con rostro inexpresivo a su correspondiente "Navuconodosora". Un fugaz y tímido cruce de miradas con el que nos solidarizábamos mutuamente en nuestras penurias en esas mazmorras de la segunda planta del "corte babilónico" en esa tarde de infausto recuerdo.
Mi pálida acompañante apenas levantaba la mirada. Ni un gesto de consuelo en los interminables minutos durante los que mi esposa me dejó a su cargo mientras abordaba la incompresible tarea de encontrar su tesoro en forma de veraniego tejido colorido. Pensé que podría estar ella también sufriendo por el saldo mostrado en el cartelito. 29'99 € es un humillante precio para mujer de tan hermoso talle. Coincido con ella. Humillante. Ese razonamiento pareció que hacía su tacto más cálido.
Pasaban lentos e interminables los minutos en este inhóspito paraje. Parecía este tormento no tener fin.
De repente mi guardiana me abordó por la espalda sin previo aviso y me dijo. ¡Ven! Y he aquí, que yo fui. ¡Que remedio! No me quería quedar sin el premio prometido si era bueno. Un buen chocolate con churros.
Me pidió que me quedara a la puerta de un probador. Me despedí con una mirada amable de mi discreta acompañante provisional. Seguí a mi "conyuja" hasta la cortinita tras la que se introdujo. Esperé un poquito más.
¡Chssss, chssss! llamó mi atención para que entrara. ¿Cual te gusta más? Me dice. ¿Este o este? Pffffff. Pues no sé. A ti te sienta bien cualquiera de los dos, contesté indulgente, intentando ganarme su favor.
¿Pero cual me queda mejor? ¡Uuuuuy! esa es una peligrosa pregunta trampa. Por supuesto le dije que los dos le quedaban de maravilla. -¿Pero cual te gusta más? ¿El verde o el azulado? Cerré los ojos, crucé los dedos tras mi espalda y dije sin pensar: ¡El verde!
Por supuesto, se compró el azulado.
Lo importante es que no tardó demasiado en pagar y pudimos salir. Podía volver a respirar aire puro y ver de nuevo el azul cielo sobre mi cabeza. Feliz y aliviado decidí cambiar mi premio de churros por un agua mineral con gas, con hielo y limón.
La apuré con ganas hasta el último sorbito. Hasta le di un bocado al limón que me supo más dulce que nunca después de tan amarga experiencia.